En la actualidad, es común encontrar a jóvenes que presumen la cantidad de “amigos” que acumulan en Facebook o en Instagram. También hay quien solicita un favor al “amiguito” al que apenas conoce, o chicos que, con una lucidez prematura, ya distinguen entre conocidos y amigos. La palabra se ha multiplicado hasta vaciarse, porque rara vez nos detenemos a pensar en lo que significa verdaderamente la amistad.
Desde tiempos remotos hasta hoy, los filósofos no han dejado de interrogarla. Platón y Aristóteles la pensaron como vínculo esencial para la vida buena; san Agustín y Tomás de Aquino la elevaron a dimensión espiritual; Montaigne la celebró como comunión irrepetible; Kant, Nietzsche, Arendt y Derrida la problematizaron desde la moral y la existencia.
Aunque cada época ha reescrito su definición, resulta significativo que en el mundo clásico se la entendiera como una cuestión de virtud antes que de afecto. Se distinguía entre formas utilitarias —fundadas en el provecho— y amistades verdaderas, nacidas del reconocimiento mutuo entre personas excelentes.
Con el cristianismo medieval, la amistad se convirtió en un camino hacia lo divino y en una comunión de almas que trascendía la realidad sin abandonarla. La modernidad, por su parte, la replegó hacia lo íntimo, al considerar al amigo como un espejo singular o como un encuentro irrepetible que nos transforma más que consolarnos. Ya en el pensamiento contemporáneo, recuperó su dimensión pública: no solo como una relación privada, sino como una forma de habitar lo común y de construir comunidad.
Este recorrido traza un mapa de nuestras contradicciones. Hemos pasado de entenderla como una condición esencial para la existencia a reducirla a una categoría propia de las redes sociales.
Entre los textos menos frecuentados sobre el tema se encuentra el breve tratado que Marco Tulio Cicerón escribió en la primavera y el verano del año 44 antes de Cristo, pocos meses antes de su muerte. “De amicitia” (La amistad) es un libro testamentario, redactado cuando Roma se desangraba en guerras civiles y el viejo orador sabía que el mundo hasta entonces conocido se extinguía. Quizá por ello su reflexión sobre la amistad tiene la gravedad de quien habla desde el naufragio.
Para Cicerón, la amistad verdadera solo puede darse entre hombres buenos. Su fundamento es la virtud compartida, no la necesidad ni la conveniencia. De ahí que no se busque al amigo por su utilidad, sino por una inclinación espontánea del alma hacia el afecto y la comunión.
El amigo es “otro yo”, alguien en quien se prolonga la propia existencia, con quien se comparten pensamientos, valores y destino. Pero —y esto es fundamental— esa unión no está por encima de la justicia. Nada deshonesto debe pedirse ni hacerse en nombre de la amistad. Cuando el vínculo se sostiene en la rectitud, permanece firme frente a los vaivenes de la fortuna y adquiere una cualidad casi eterna. “Privar a la vida de la amistad —escribe Cicerón— sería como arrebatarle su luz”.
El romano relata la historia de dos pitagóricos, Damón y Pitias, que vivieron en Siracusa hacia el 350 a. C. Cuando uno de ellos fue condenado a muerte por el tirano Dionisio, pidió unos días para despedirse de su familia. El otro ocupó su lugar en prisión, consciente de que, si su amigo no regresaba, moriría en su lugar. El condenado volvió. La disposición recíproca a morir el uno por el otro conmovió al tirano, quien les rogó que lo admitieran como tercer amigo.
Es una historia antigua, casi inverosímil, pero nos confronta con una pregunta incómoda: ¿cuántos de nuestros “amigos” permanecerían si les pidiéramos no la vida, sino apenas un poco de tiempo, de atención, de presencia? La amistad —sugiere Cicerón desde la distancia de los siglos— no es un consuelo barato ni una moneda de cambio; es un compromiso con la verdad del otro y una apuesta por la permanencia en sociedades que glorifican lo instantáneo y lo fugaz.

