Bajo el sol tibio de la tarde y con más ilusión que compañía, Daniel “N” llegó puntual al punto de reunión del movimiento Therian convocado para este sábado en el Parque Tomás Garrido Canabal.
Llevaba puesta una máscara que él mismo fabricó con cajas de cereal, hojas de libreta y pinturas (las mismas que usa para hacer graffiti) otro de sus pasatiempos favoritos.
El joven de 18 años y estudiante de preparatoria había moldeado con paciencia hasta darle forma de hocico y orejas. Era su máscara Therian. Su identidad de oso y perro.
Pasadas las cinco de la tarde, llegó al lugar, busco más Therian, pero no encontró, miró el celular. Volvió a mirar alrededor. Nadie más apareció.
“Esperaba que por lo mínimo, por lo mínimo, así jodido, llegaran tres personas”, soltó con una mezcla de risa nerviosa y desencanto.
La concentración había sido convocada a través de redes sociales, inspirada en encuentros similares realizados en otras entidades del país. Pero esa tarde, Daniel fue el único que acudió.
Dice que su curiosidad lo ha llevado a explorar distintas expresiones de identidad como el movimiento furry y ahora el therian.
Se identifica con un oso y un perro, además le atrae imaginar cómo se siente caminar en cuatro patas, correr con las manos rozando el suelo, mirar el mundo desde otra altura.
Vestido de café, “como los perros de México”, dice, y combinado con negro, en alusión a los osos, Daniel no sólo portaba un disfraz: llevaba horas de trabajo manual y un pedazo de sí mismo. Cada trazo de pintura, cada doblez de cartón, era parte de un proceso personal que mezcla creatividad, búsqueda y pertenencia.
Contó que cuando vio la convocatoria invitó a sus compañeros de la escuela, pero la respuesta fueron risas y algunas críticas.
“Aún no entienden este movimiento”, comentó sin resentimiento, pero con la certeza de saberse distinto.
En casa, en cambio, el panorama es diferente ya que de acuerdo a sus palabras, su mamá y su abuela han tomado su identidad “como algo bien”, explica.
Recuerda que ellas, en su juventud, también se identificaban con personajes de anime y otras expresiones culturales que en su momento fueron incomprendidas. Ese respaldo familiar le da fuerza para seguir.
“Me encanta correr a cuatro patas y dije: esta es la oportunidad perfecta para hacerlo en grupo… y quedé muy decepcionado de que no vinieron”, confesó mientras sostenía la máscara entre las manos.
A pesar de la soledad de la cita, Daniel no se fue de inmediato, caminó unos metros, se colocó nuevamente la máscara y, por un instante, dejó de ser el único joven en una plaza vacía.
Amablemente accedió a algunas entrevistas, corrió, se agachó, apoyó las manos en el suelo, aunque fuera en solitario, esa experiencia que imaginó compartir.
Quizá la convocatoria no logró reunir multitudes, pero sí dejó una escena que habla de los tiempos actuales: jóvenes que buscan identidad en territorios alternativos, que exploran nuevas formas de expresión y que, aun frente a la burla o la indiferencia, se atreven a habitar aquello que sienten propio.
Daniel volvió a casa con la misma máscara con la que llegó, y aunque no hubo grupo, no hubo multitud, mantuvo firme su convicción.
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LILIANA COLLADO (FFO)
