“Lo he dicho mil veces”, “nadie nunca hace nada”, “todo está peor que nunca”… ¿Mil? ¿Nunca? ¿Todo? ¿Existe en realidad el registro de ese supuesto millar de mensajes? Quien lo dice sabe que \»mil veces\» significa, en el mejor de los casos, tres. Quizá cinco. Tal vez las suficientes para justificar la molestia, pero no las suficientes para justificar el número. Por lo regular, cuando las palabras se inflan, dejan de nombrar la realidad y empiezan a sustituirla.
La hipérbole se ha vuelto el idioma cotidiano de la conversación pública. Está en la queja ciudadana, en la mesa familiar, en la tribuna política, en la sobremesa, en la radio y en la red social. Vivimos rodeados de cifras imposibles que nadie se toma el trabajo de verificar, y aun así la mayoría de las personas las acepta porque suenan más intensas que la verdad.
Más que la molestia —que en términos razonables suele ser legítima—, el problema es apelar al recurso automático de exagerarla, porque al hacerlo se anula la posibilidad de discutir sobre hechos compartidos. Hay una diferencia entre expresar una inconformidad y dramatizarla hasta volverla irreconocible.
Como recurso retórico, la hipérbole tiene una lógica seductora, ya que simplifica, intensifica y captura atención. Sin embargo, en un entorno saturado de voces, quien exagera con la finalidad de ganar ventaja pierde credibilidad y, además, contribuye a deteriorar la conversación y entorpece la rendición de cuentas.
A ello se suma que también compromete al periodismo y a cualquiera que aspire a informar con rigor, pues repetir la hipérbole sin someterla a contraste termina por degradar la voz pública. Una cosa es que los problemas existan y otra muy distinta es aprovechar los medios informativos para inflar deliberadamente los datos con el propósito de ejercer presión. En términos ideales, un profesional del periodismo tiene la tarea de no tolerar esa práctica, porque al permitirla, al dejar de cuestionarla, pasa de ser testigo a cómplice.
Aunque la siguiente analogía pueda parecer —paradójicamente— una exageración, vale como recurso didáctico: quien recurre a la hipérbole para atraer atención mediática no está tan lejos, en términos de intención, de quien amaga sin disparar; en ambos casos, el objetivo es intimidar. Lo problemático es que suele funcionar. Funciona porque, presionados por la velocidad del ciclo informativo y la falta de recursos para verificar, algunos medios han terminado por normalizar la queja hiperbólica como un género menor, pero rentable en términos de audiencia.
No se trata de silenciar la queja ciudadana ni de enfriar el lenguaje hasta volverlo inerte, menos en una región como el trópico húmedo tabasqueño, donde las formas de habla suelen ser “floridas”. Se trata de exigirle al periodismo que haga su trabajo: contrastar, precisar y contextualizar. Si alguien dice que lleva un año reportando un problema, preguntar cuándo fue la primera vez; si habla de miles de llamadas, pedir el número de registro. Decir “tres veces” cuando son tres. Decir “dos semanas” cuando son dos.
Desde una perspectiva deontológica, una queja formulada con exactitud no pierde fuerza; por el contrario, se vuelve irrefutable.
La hipérbole no es inocente. Es, en el peor de los casos, una mentira cómoda. Cuando todo es “urgente” y “gravísimo” se distorsiona la medida y, con ello, se debilita la confianza. Ya no importa quién habla —periodista, político o ciudadano—, porque el ruido ocupa el lugar de los hechos. Quizá, en medio de tanto exceso, la exageración se imponga por un momento; pero la precisión es la única que resiste cuando las afirmaciones se someten al contraste de lo verificable.

