Un equipo de científicos ha confirmado que la casi desaparición de las grandes herramientas de piedra en el Levante coincidió con la caída de los megaherbívoros de más de 1.000 kilogramos, un giro que pudo transformar de raíz la forma en que los humanos prehistóricos conseguían carne, procesaban cadáveres y diseñaban su tecnología. El hallazgo se apoya en un estudio publicado en Quaternary Science Reviews por investigadores de la Universidad de Tel Aviv.
La idea es tan sencilla como poderosa: cuando los gigantes desaparecieron del paisaje, también empezó a sobrar el utillaje pensado para despedazar cuerpos enormes, fracturar huesos masivos o manipular pieles de gran espesor. En su lugar prosperaron lascas, hojas y raspadores más ligeros, más precisos y mejor adaptados a presas menores.
No sería, por tanto, solo una historia de “humanos más inteligentes” inventando herramientas más refinadas, sino también la crónica de una presión ambiental implacable. A veces la innovación no nace del capricho, sino del vacío: del momento en que el mundo pierde a sus colosos y obliga a rehacer, pieza por pieza, el repertorio de la supervivencia.
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