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El discurso de la servidumbre voluntaria

En el capítulo XXII de la primera parte de “Don Quijote de la Mancha”, el ingenioso hidalgo libera a una cadena de galeotes (hombres condenados a remar en los barcos de la armada real) que avanza, custodiada, hacia las galeras del rey

by Ahora Tabasco
mayo 28, 2026
in Columnas, Nacional, PALESTRA, Tabasco
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En el capítulo XXII de la primera parte de “Don Quijote de la Mancha”, el ingenioso hidalgo libera a una cadena de galeotes (hombres condenados a remar en los barcos de la armada real) que avanza, custodiada, hacia las galeras del rey. Cada uno arrastra su pena particular —uno por enamorado, otro por “cantar” bajo tormento, otro por hechicería—, y el caballero, convencido de que ningún hombre libre debe ir forzado por otro, los desencadena a todos. A cambio les pide que vayan a presentarse ante Dulcinea del Toboso para rendirle homenaje. Los galeotes, naturalmente, le responden con piedras y desaparecen en el monte. Cervantes, en vez de juzgarlos, los comprende. La libertad recobrada no garantiza gratitud hacia quien la concede y mucho menos obediencia al deseo de su libertador.

 

El episodio revela una intuición que un joven jurista francés había formulado en prosa filosófica algunos años antes de que Cervantes escribiera su novela. Las cadenas físicas son lo de menos. Lo que verdaderamente somete a un pueblo se encuentra en otra parte.

 

Étienne de La Boétie tenía apenas dieciocho años cuando redactó el “Discurso de la servidumbre voluntaria”, probablemente en 1548. Michel de Montaigne, su amigo más cercano, guardó el manuscrito durante años con la intuición de que semejante texto merecía un mejor destino que el de simple panfleto político. Cuando finalmente circuló, los calvinistas lo usaron para sus guerras de religión, los republicanos lo invocaron durante la Revolución Francesa y los anarquistas del siglo XIX lo adoptaron como bandera. Cada época lo reclamó como arma propia.

 

La pregunta que atraviesa el “Discurso” de principio a fin es esta: ¿por qué obedece la gente? Más aún: ¿por qué millones de personas sostienen a un solo tirano que no tendría poder si ellas decidieran retirarle su respaldo? La Boétie contempla la escena con una perplejidad que no se ha disuelto en casi cinco siglos. \»No son cien ni mil hombres los que soportan a uno —escribe—, son cien provincias, mil ciudades, un millón de personas que se niegan a combatir a quien las trata como esclavos\».

 

Lo más perturbador de su argumento es la negativa a localizar el origen del sometimiento en la cobardía del pueblo o en la astucia del tirano. El tirano —dice con una claridad que todavía incomoda— no sustenta su poder. Lo sustentamos nosotros.

 

Aquí los galeotes de Cervantes vuelven a adquirir sentido. Cuando el caballero les pregunta por las razones de sus cadenas, escucha historias de injusticia, mala fortuna o un sistema que aplasta al débil. Nadie se considera culpable de su propia situación. Sin embargo, en cuanto recuperan la libertad, reproducen la misma lógica que los había encadenado, es decir, atacan a quien los amenaza y protegen su pellejo. La Boétie llamaría a esto costumbre, el primero y más tenaz de los mecanismos de la servidumbre.

 

Los pueblos que nacen bajo el yugo no conocen otro horizonte. Crecen, aman, envejecen y mueren bajo el mismo peso hasta confundir la opresión con el orden natural de las cosas. La libertad deja de parecer posible porque nadie a su alrededor la conoció. Como en “La República” de Platón, los hombres terminan habituándose a las sombras de la caverna y acaban tomándolas por el mundo verdadero.

 

Pero la costumbre, por sí sola, no basta para explicar la permanencia del poder arbitrario. La Boétie también señala la mistificación. El tirano se rodea de símbolos, ceremonias y relatos que lo vuelven excepcional, casi sagrado. Los pueblos acaban admirando —e incluso amando— a sus opresores, con la misma lógica con que se venera aquello que deslumbra, aunque el resplandor haya sido fabricado con esmero.

 

La propaganda no es un invento moderno. Lo que hoy llamamos narrativa, relato o comunicación estratégica, La Boétie lo describe con toda claridad en el siglo XVI: el poder trabaja sobre la imaginación colectiva hasta conseguir que el sometido desee su propia sumisión.

 

Luego aparece el tercer mecanismo: el interés. Ningún tirano gobierna solo. Gobierna a través de una red de cómplices que reciben pequeñas cuotas de privilegio a cambio de obediencia. Cada pieza del sistema obtiene incentivos para perpetuarlo, y así el poder se ramifica hacia abajo hasta alcanzar a casi todos.

 

Lo que vuelve al “Discurso” una obra incómoda para cualquier ideología es que La Boétie no propone una revolución armada. Propone dejar de colaborar, algo más radical y, en el fondo, más difícil. “Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres; no quiero que lo pulvericéis o le hagáis tambalear, sino simplemente que dejéis de sostenerlo, y lo veréis, cual un gran coloso privado de la base que lo sostiene, desplomarse y romperse por su propio peso\».

 

Muchos actores contemporáneos —en diversas organizaciones políticas y partidistas—reproducen con sospechosa fidelidad los tres mecanismos que La Boétie describió hace casi cinco siglos: la costumbre de obedecer disfrazada de lealtad, la mistificación del líder convertido en figura histórica y la red de intereses que hace a cada eslabón cómplice del siguiente.

 

El pueblo que defiende a quien lo engaña ya estaba en el “Discurso de la servidumbre voluntaria” con una vigencia que todavía duele. Pero también aparece el pueblo que La Boétie convoca con urgencia, el que aún puede decidir, en el estrecho margen que le queda, dejar de sostener aquello que lo destruye.

 

COLUMNA POR: MARIO CERINO 

Tags: costumbrehombreslógica
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