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1953: la IA ya tenía nombre

Adolph Knipe aprieta un botón y la máquina zumba. Por una ranura empiezan a caer hojas mecanografiadas, una tras otra, hasta llenar una cesta con una novela completa

by Ahora Tabasco
julio 16, 2026
in Columnas, Mundo, Nacional, PALESTRA, PUNTO DE VISTA, Tabasco, Tecnología
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Adolph Knipe aprieta un botón y la máquina zumba. Por una ranura empiezan a caer hojas mecanografiadas, una tras otra, hasta llenar una cesta con una novela completa. Frente al aparato, el señor John Bohlen apenas alcanza a comprender lo que acaba de ocurrir: ha escrito —o eso parece— el primer libro de su vida en menos de un minuto.

 

La escena pertenece a “El gran gramatizador automático”, un cuento que Roald Dahl publicó en 1953 y del que todavía no consigo desprenderme, porque anticipa con asombrosa lucidez la inteligencia artificial que hoy conocemos. Ahí está Knipe, un ingeniero aburrido de calcular órbitas y trayectorias, convencido de que la literatura puede reducirse a un tablero de mandos. Un botón para elegir el género: histórico, satírico, romántico o erótico. Otras filas para el tema, el estilo y los personajes. Hasta diez filas de botones y cincuenta variables que se pueden mezclar como quien afina un instrumento, hasta dar con el matiz exacto.

 

Bohlen desconfía casi al instante. Hay algo en todo aquello que le produce rechazo; lo llama un juego sucio, aunque no consigue explicar por qué. Es una intuición más que un argumento, pero al final cede ante la promesa de hacerlo todo más fácil.

La máquina empieza a producir relatos que las revistas compran con el mismo entusiasmo con que antes pagaban por cuentos escritos entre tachaduras, correcciones y hojas arrugadas.  Entonces Knipe comprende que vender historias ya no basta y se le ocurre algo todavía mejor. El verdadero negocio consiste en comprar el silencio de los mejores escritores, mediante contratos vitalicios a cambio de que renuncien a escribir para siempre.

 

Las respuestas son memorables. El primero de la lista lo escucha con paciencia, lo cree loco y lo acompaña hasta la puerta sin mayor drama. El segundo le rompe la cabeza con un pisapapeles. La tercera, en cambio, una novelista que produce historias rosas por millones, firma en el acto apenas lee el primer capítulo salido de la máquina, pero no es por el dinero —eso ya lo tenía de sobra—, sino porque reconoce, con una honestidad que hasta a Knipe lo toma por sorpresa, que lo escrito por el aparato es mejor que lo suyo.

 

Ese momento me parece el verdadero núcleo del cuento y también su trampa. Dahl plantea que la máquina escribe bien, incluso mejor que muchos, y que eso precisamente es lo que debería preocuparnos. ¡Claro que debería preocuparnos! Y lo reafirmo porque, además, llevo un tiempo dándole vueltas a otra cosa que en apariencia no tiene nada que ver: el lugar cada vez más incierto que ocupan las publicaciones culturales dentro de un ecosistema que premia la velocidad.

 

La noticia dura lo que tarda un dedo en deslizar la pantalla y un titular reemplaza al anterior antes de que alcancemos a recordarlo. Las publicaciones culturales —no me refiero a las \»noticias sobre cultura\», que también se olvidan al mismo ritmo— funcionan distinto. Son un espacio donde nos detenemos un rato a pensar qué hacemos en este tiempo, en este lugar y con esta lengua.

 

La inteligencia artificial vuelve todo eso más urgente y más difícil de defender. Le pedimos un texto, un artículo, un cuento, una carta de amor si hace falta, y en segundos tenemos algo fluido, bien escrito y hasta convincente. Ya no es necesario imaginar el Gran Gramatizador con sus diez filas de botones. Lo tenemos, cabe en un teléfono, no zumba ni ocupa un cuarto entero.

 

Tal vez exagero al descubrir en ese cuento de 1953 una premonición casi exacta de cierto entusiasmo actual por delegar hasta el gesto de pensar. Quizá Dahl sabía que las tentaciones más profundas prefieren presentarse con el rostro de la comodidad y la eficiencia.

 

El cuento termina en primera persona, con un escritor que todavía no ha firmado el contrato. Oye a sus nueve hijos llorar de hambre en el cuarto de al lado y siente que la mano se le acerca, casi sola, hacia el documento que tiene sobre la mesa. La última línea es una plegaria invertida: \»Oh, Señor, danos fuerzas para dejar que nuestros hijos mueran de hambre\».

 

Cada vez que releo ese remate me resulta más demoledor. Ese escritor no le pide a Dios inspiración, éxito o dinero para salvarse, sino fuerzas para resistir la tentación y seguir escribiendo despacio, con errores, con páginas desechadas y con frases que no encuentran su sitio a la primera, porque sabe que pensar nunca ha sido una actividad eficiente; precisamente por eso continúa siendo una tarea humana.

 

COLUMNA POR: MARIO CERINO 

Tags: DahlDiosInteligencia Artificial
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