No hay espacio para lo lento. Lo rápido se impone. Con la Revolución industrial las ciudades crecieron, las distancias se agrandaron y el ritmo se aceleró. La llegada del internet supuso una vuelta de tuerca más a esta situación, expandiendo la velocidad a todos los ámbitos y normalizando el concepto de «Rapidez».
El napoleónico «Despacio que llevo prisa» quedó en desuso, ahora suena como eco de una época ausente donde se le pedía a los apresurados sosiego en sus almas. «Tranquilo», decían los más viejos, y los mancebos atendían a la recomendación. Pero ahora aconsejar tranquilidad es ir en sentido contrario a la dinámica social. El espíritu aristotélico inclinado a la contemplación y la calma del perezoso llamado —en clara ironía— Flash, en la película Zootopía, choca de frente con la hiperquinesia de la coneja Judy. El Fast Food, la comida rápida, es un «traga y vete» sin tiempo para la degustación y la plácida sobremesa. Degustar no es solo paladear, es tomarse el tiempo de saborear lo engullido con todos los sentidos. Esta palabra —«degustare»— impulsa el acto de recorrer a completud el bocado para asirlo. Asimismo, sin sobremesa no hay plática que fortalezca el lazo social. El gourmand Brillat-Savarin diferenciaba entre el pastar/tragar —cosa de animales— y el saber comer —cosa muy humana—, acto que contempla una dimensión que va más allá del burdo alimento y abarca la interacción con el otro.
Los cursos de «Lee un libro en 10 minutos» son una oferta atractiva para los analfabetas funcionales que no se han dado cuenta del sentido gozoso del acto lecturil y que miran en la numeralia la satisfacción más que en la lectura como tal. Cantidad sobre calidad. Leer con rapidez —que no es lo mismo que ser buen lector— es la respuesta de un apresurado sistema de consumo que basa las competencias en la velocidad y las coloca por encima de cualquier cosa. Hoy más que nunca «Time is money», y en el internet se comprueba esta sentencia. Las imágenes se leen más rápido que las letras, de ahí la reducción hasta el absurdo en la extensión de las notas periodísticas convirtiendo un tema profundo en uno superfluo y transformando la vastedad de En busca del tiempo perdido, de Proust, en una anécdota sobre el aroma de las magdalenas, por ejemplo. No hay tiempo. En el sexo, «el rapidín» se va transformando en el estándar, de ser la excepción —un sucedáneo del encuentro pasional— pasa a ser la norma. Imitando a la gastronomía con su movimiento ochentero de Slow Food, en el tema de las artes amatorias ha surgido la propuesta del Slow Sex. Comida lenta y sexo lento para alimentar el alma y ya no tanto a un cuerpo que muestra claros signos de obesidad, no en sus carnes como sí en su espíritu.
La contemplación y lo lento requiere tiempo, tiempo dedicado al descanso, pero descansar es de indolentes, debemos estar permanentemente conectados. Conectarse se ha popularizado, una acción exclusiva de las planchas, televisiones o batidoras es ahora extendible a lo humano. El teléfono celular, los relojes inteligentes y las tabletas electrónicas nos mantienen en estado de conexión perpetua, por lo que el ocio y el descanso son mal vistos. Atrás quedó el origen de la palabra «jubilarse» que es el descansar del trabajo, no como defensa del pecado capital de la pereza sino como un tener tiempo para el acto contemplativo y la comunión con los dioses. Jubilarse viene de Jubileo (Año Santo), con todo el imaginario de júbilo y festejo. En el descanso, en lo lento, está el encuentro. En lo rápido está la separación y el alejamiento, el adiós y el olvido.
ALEJANDRO AHUMADA
