No es contra la tecnología, es contra lo que esta se lleva. Los de antes decían al no entender algo: «¡Eso es cosa del diablo!». Hoy pasa lo mismo con lo digital. Se aprieta un botón ¡y listo! No sabemos qué ocurrió, pero ocurrió. Todo es más rápido, con más opciones, aunque definitivamente más simple. Sin chiste. Sin gracia.
La simpleza es el pago por un mundo digital. Se perdió la magia. En el cine, atrás quedaron los Efectos especiales, esos que hacían especial la función. Fueron sustituidos por los Efectos visuales. Con los efectos especiales ocurría lo que con la magia: sabemos que no existe, pero el reto estaba en saber cómo es que el mago apareció un conejo en la chistera. Al salir del cine, preguntábamos «¿Cómo le habrán hecho?». Ahora no se pregunta. Damos por sentado que lo digital todo lo puede.
La tecnología se ha llevado nuestra interacción con el mundo. El placer de pintar con acuarela tenía como base lo aleatorio del agua en el papel, la idea de que el error siempre estaba latente. Pintar con acuarela es un momento de incertidumbre, uno que nos adiestra contra la frustración. Hoy, con lo digital, las tabletas que —simulan— esta técnica dejan fuera la inquietud de que algo pueda salir mal. Solo se borra esa capa o se regresa una acción, y nada ocurrió. En la lectura, algo igual se va diluyendo. La relación del lector con el libro físico es muy diferente al lector del libro digital. En el primero, la textura y el olor del papel y de la tinta encierran una poesía que le confieren un aire cuasi místico, gutenbergniano, diríamos. En el segundo, su olor es a plástico, a meses sin intereses y a Steve Jobs. Por encima de la maravilla tecnológica que es un lector digital, debemos aceptar que la poesía desde ahí leída no se escucha igual. Un lector, un lector que en verdad respete las letras, debería distinguir las sutiles diferencias entre una lectura en papel y una digital. Un poco de lirismo se diluye en la segunda. ¡Hasta las páginas dejaron de tener importancia! «Llevo apenas el 25% de lectura», dijo alguien en la mesa contigua de un café. ¿25%? ¡Qué extraña manera de expresar cuánto se ha leído! Tardé en entender que así se mide el avance en los dispositivos. Prefiero las páginas numeradas, tiene algo menos de robótico.
Así con toda la tecnología. Al llegar ella, algo se va. Diseños sin diseñadores, consultas sin doctores y asesorías sin asesores. Con Chat GPT, todo lo tenemos. En la cocina, las estufas por inducción desplazan a las de gas. El fuego, el primer triunfo del hombre sobre la naturaleza, queda fuera y con ello toda la tradición culinaria que rodeaba al fogón. De las freidoras sin aceite, mejor no hablamos, ¡eso es cosa del diablo! Con los teléfonos de casa, los fijos, preguntábamos «¿Cómo estás?», una preocupación genuina por el otro. Y desde hace años, con los celulares, la pregunta es: «¿Dónde estás?». El cómo nos sentimos parece que dejó de ser importante.
Insisto, no es contra la tecnología, es contra lo que esta se lleva.
Alejandro Ahumada

