¿Ha notado usted que, ante cada obra pública que genera controversia, cada decisión de política exterior o cada sustitución en el banquillo de un equipo de futbol, surge un ejército de expertos instantáneos armados con teclados y certezas inquebrantables? Cualquiera pudo haberlo hecho mejor o lo habría resuelto de otra manera, porque —según ellos— tiene la respuesta que los profesionales aparentemente no supieron encontrar.
Este fenómeno, que hoy parece una epidemia, no es nuevo. En 1999, los psicólogos David Dunning y Justin Kruger describieron lo que hoy conocemos como el “efecto Dunning-Kruger”, un sesgo cognitivo que explica por qué las personas con baja competencia en un área tienden a sobreestimar drásticamente sus habilidades, mientras que los verdaderos expertos suelen subestimar las propias. Sus estudios demostraron que la incompetencia impide reconocer la falta de conocimiento y genera una peligrosa ilusión de superioridad.
La ceguera que provoca este sesgo se manifiesta en patrones reconocibles. Quienes lo padecen creen entender más de lo que realmente entienden, piensan que podrían hacerlo mejor que quien sí sabe, critican con gran seguridad trabajos complejos que jamás podrían reproducir y, sobre todo, no perciben sus propios errores.
Cuando alguien lee una novela, un poema o un ensayo; cuando observa una política pública o contempla una obra de arte y declara con aplomo que él lo habría hecho mejor, sin dominar la técnica ni comprender la dificultad real del trabajo, está actuando bajo este efecto. No se trata necesariamente de mala fe; es una limitación cognitiva que impide ver los propios límites.
Este fenómeno suele ir acompañado de lo que los especialistas llaman “ilusión de profundidad explicativa”. La gente cree que entiende algo hasta que tiene que explicarlo o llevarlo a la práctica. Ahí, en el momento de pasar de la opinión a la acción, se revela el vacío. Es fácil criticar el diseño y la funcionalidad de una obra desde la comodidad del sofá; muy distinto es calcular cargas estructurales, considerar las condiciones del suelo, anticipar los efectos del clima y garantizar la seguridad de miles de personas. Es sencillo sentenciar que un director técnico de un equipo de futbol debió hacer tal o cual cambio; otra cosa es leer el partido en tiempo real, anticipar movimientos y tomar decisiones bajo presión extrema.
Las redes sociales y la cultura de la opinión inmediata han creado una ecuación peligrosa: opinar se confunde con saber. En un mundo donde cualquiera puede publicar su veredicto instantáneo sobre cualquier tema, la tentación de convertirse en internacionalista, arquitecto, epidemiólogo o estratega militar de la noche a la mañana resulta irresistible.
El problema no es que la ciudadanía opine sobre los asuntos públicos; eso es deseable y necesario en una democracia. El problema es la incapacidad de distinguir entre tener una opinión informada y poseer conocimiento especializado, entre el derecho legítimo a cuestionar y la ilusión de que cualquier opinión vale lo mismo que años de formación y práctica. Los verdaderos expertos dudan, se corrigen, reconocen la complejidad y admiten la incertidumbre. Los “tertulianos de teclado”, en cambio, siempre tienen la respuesta correcta, incluso sobre aquello que desconocen por completo.
La próxima vez que sintamos la urgencia de explicar cómo debió construirse una obra pública, resolverse un conflicto internacional o dirigirse un partido de futbol, quizá valga la pena hacer una pausa, no para renunciar al pensamiento crítico, sino para preguntarnos: ¿realmente sé de lo que estoy hablando o no sé lo suficiente como para darme cuenta de que no sé?
PANGLOSS, EL QUE NUNCA DUDA
En la obra “Cándido”, el escritor y filósofo francés Voltaire narra la historia de un joven que recibe las enseñanzas de su tutor, el doctor Pangloss, un personaje que presume saberlo todo. Bajo su influencia, Cándido crece adoctrinado en la idea de que vive en “el mejor de los mundos posibles”. Voltaire utiliza a Pangloss para ridiculizar al experto dogmático que nunca duda, incluso cuando la realidad lo contradice.
Por: Mario Cerino Madrigal
