Antes de que existiera la arquitectura como disciplina, ya existía la experiencia del espacio. Incluso antes del lenguaje, incluso antes de la memoria consciente, el ser humano ya habitaba. Tal vez la primera experiencia arquitectónica no fue una casa ni una cueva, sino el vientre materno: un espacio que protegía, contenía, regulaba la temperatura y el sonido. Un lugar donde el cuerpo aprendió, sin saberlo, lo que significa estar.
Desde entonces, la arquitectura ha acompañado a la humanidad no solo como técnica, sino como experiencia vital. Mucho antes de convertirse en profesión, fue refugio, límite, recorrido, umbral. Fue intuición antes que teoría.
Por eso resulta útil hablar del no arquitecto.
El no arquitecto no es quien ignora la arquitectura, sino quien la conoce de otra manera. Su conocimiento no es académico ni normativo; es experiencial. Surge del uso cotidiano del espacio, de la memoria corporal, de la repetición. Es un conocimiento que no se formula en conceptos, pero que se manifiesta con claridad en preferencias, rechazos y hábitos.
Todos, en algún momento, hemos sentido que un lugar incomoda, abruma o tranquiliza. Que una casa funciona o no. Que una calle invita a caminar o empuja a huir. Ese juicio no surge del análisis técnico, sino de una lectura inmediata del espacio. Ahí habita la sustancia del conocimiento del no arquitecto.
¿Por qué hablar de esto con todo público?
Porque durante mucho tiempo la arquitectura se presentó como un saber distante, reservado a especialistas, envuelto en lenguaje técnico. Se volvió algo que se explica desde planos y renders, no desde la experiencia. Como si el usuario fuera un observador pasivo y no el verdadero protagonista del espacio.
Sin embargo, el no arquitecto ha convivido siempre con la arquitectura. La respira. La padece. La disfruta. Vive dentro de ella sin cuestionarla todo el tiempo, pero sintiendo claramente cuando algo no funciona. Negar ese conocimiento es desperdiciar una fuente fundamental de comprensión urbana.
El no arquitecto diseña, aunque no lo sepa. Decide dónde colocar una silla, cómo modificar un espacio, por dónde circular, qué evitar. Opera con un “software de fábrica” que reconoce proporciones, escalas, recorridos y límites. No necesita teoría para saber cuándo un espacio es hostil o amable.
El problema no es ese conocimiento. El problema aparece cuando se ignora.
Cuando la experiencia cotidiana deja de ser tomada en cuenta, la ciudad comienza a llenarse de espacios que cumplen con normas, pero no con personas. Espacios correctos en el papel, pero fallidos en el uso. Ahí surge la distancia entre lo diseñado y lo vivido.
Basta observar el espacio público para notarlo. Banquetas que no invitan a caminar, parques que nadie usa, viviendas que obligan a adaptarse en lugar de adaptarse al habitante. No se trata de errores aislados, sino de una desconexión entre el diseño técnico y la experiencia real.
Aquí conviene aclarar algo importante: reconocer el valor del no arquitecto no significa rechazar la especialización. Al contrario. Significa entender que la arquitectura necesita dialogar con la experiencia para no volverse autorreferencial. El conocimiento técnico sin experiencia se vuelve rígido; la experiencia sin técnica se vuelve frágil.
Cuando se desprecia la lectura cotidiana del espacio, se pierde criterio. Y sin criterio, el ciudadano deja de exigir calidad. Se acostumbra. Normaliza lo incómodo. Acepta como inevitables espacios que podrían ser mejores.
El no arquitecto no necesita convertirse en diseñador ni aprender a proyectar. Su papel es otro: desarrollar sensibilidad y exigir coherencia. Leer la ciudad con atención. Reconocer cuándo un espacio lo excluye, lo ignora o lo violenta, aunque no sepa explicarlo en términos técnicos.
Ahí aparece una responsabilidad compartida. El arquitecto debe aprender a escuchar sin paternalismo. El ciudadano debe confiar en su experiencia sin despreciar el conocimiento especializado. La ciudad mejora cuando ambos saberes se reconocen como complementarios.
Tal vez por eso resulta tan fácil olvidar lo que ya sabemos. Vivimos rodeados de espacios, pero rara vez los cuestionamos. Y cuando dejamos de hacerlo, la arquitectura pierde su dimensión cultural y se reduce a objeto o mercancía.
Recuperar la mirada del no arquitecto no es romantizar la intuición. Es devolverle valor a la experiencia como fuente de conocimiento. Es aceptar que la ciudad se entiende mejor desde el uso que desde la imagen.
Como escribió Octavio Paz, la arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia. También es el testigo más cercano de nuestra vida cotidiana. Aprender a leerla —desde dentro y desde fuera— es una forma de participar en la ciudad sin necesidad de ocupar un cargo ni dominar un lenguaje técnico.
El no arquitecto no está fuera de la arquitectura. Está en ella. La habita. Y desde ahí, puede y debe formar criterio.
POR: Arq Rudy Lara Álvarez
