Durante los últimos años, la palabra influencer se ha reducido a una métrica: números, likes, visualizaciones, algoritmos. Pareciera que influir es sinónimo de aparecer constantemente en una pantalla, de producir contenido sin pausa, de existir solo si alguien más lo confirma con un corazón rojo o un comentario fugaz. Sin embargo, en medio de esta era digital tan ruidosa, vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿quiénes son realmente los influencers de nuestra sociedad?
La influencia no nació con las redes sociales. Mucho antes de los teléfonos inteligentes, ya existían personas capaces de transformar realidades con su ejemplo cotidiano. Influía quien enseñaba a respetar un río sin necesidad de grabarlo, quien separaba la basura, aunque nadie estuviera mirando, quien hablaba del cuidado del entorno con coherencia entre lo que decía y lo que hacía. La influencia, en su forma más pura, siempre ha sido silenciosa, constante y profundamente humana.
Hoy, se critica con dureza a quienes deciden compartir contenido en redes sociales. Se cuestiona su presencia, su constancia, sus intenciones. Casi todas esas críticas provienen, curiosamente, de personas que no generan contenido, que no comunican, que no se exponen. Como si el hecho de alzar la voz, de insistir, de repetir un mensaje necesario, fuera motivo suficiente para desacreditarlo. Pero el problema no es comunicar demasiado; el problema es confundir el medio con el mensaje.
Las redes sociales son solo una herramienta. No son el fin, ni la causa, ni el enemigo. El verdadero valor está en lo que se comunica y, sobre todo, en lo que se respalda con acciones reales. Porque de nada serviría tampoco hablar de medio ambiente si no se vive con respeto hacia él, sin la congruencia.
Cada persona tiene la capacidad de influir, incluso sin darse cuenta. Influye quien decide llevar su propio termo o bolsa de tela cuando sale a comprar. Influye quien enseña a las niñas y niños a amar un árbol. Influye quien cuestiona hábitos de consumo, quien elige con conciencia, quien apoya el consumo local. Tal vez no haya una cámara grabando, pero hay miradas observando, aprendizajes sembrándose, futuros transformándose.
La influencia ambiental puedo decir que no se mide en seguidores, sino en semillas. Algunas germinan rápido, otras tardan años. Hay acciones pequeñas que parecen insignificantes, pero que, repetidas día a día, construyen una cultura distinta. Inspirar no siempre significa convencer a miles; a veces basta con tocar una sola vida para generar un cambio real.
Por eso, más allá de los likes o del contenido constante, los verdaderos influencers son quienes viven de acuerdo con lo que creen. Son quienes entienden que cuidar el medio ambiente no es una tendencia, sino una responsabilidad ética. Son quienes inspiran desde la congruencia, desde lo cotidiano, desde lo posible.
A mí en lo personal me gusta cuando las personas comparten contenido, cuando recomiendan un tip ecológico, cuando promueven y recomiendan marcas locales, cuando se suman a una actividad altruista. Todo suma, y no hay mayor influencer que el que aporta a crear un mejor lugar para todos.
En un mundo que grita, elegir actuar con conciencia ya es un acto revolucionario. Y si además decidimos compartirlo, no para presumir, sino para invitar, para recordar, para sembrar esperanza, entonces la influencia se multiplica. Porque siempre, incluso en los gestos más pequeños, podemos ser ejemplo. Y a veces, ese ejemplo es justo lo que el planeta necesita para seguir respirando.
Por: David Montiel
