Fui a ver “La Odisea”, la película dirigida y producida por Christopher Nolan. Salí del cine pensando en Poseidón y me dio un poco de vergüenza. A mi edad, después de todo lo que uno ha visto, seguir emocionándome con un dios de mal carácter que le tira rocas a un barco es casi infantil. Sin embargo, ahí estaba yo, todavía con el pecho apretado por la última hora de película, dándole vueltas a algo que había leído esa misma semana en varias reseñas: que Nolan había hecho una superproducción sin alma, mercantilista, casi indecente en su falta de sensibilidad hacia el poema homérico.
Me costó reconocerme en esas críticas. A mí me gustó la película. Me gustaron los efectos, la fotografía, la dimensión casi física del mar y, sobre todo, ese Odiseo cansado que interpreta Matt Damon, un héroe al que los años le han quitado la arrogancia de la juventud. Todo eso me llegó, aunque entiendo que haya quienes se irriten al ver reducidos veinticuatro cantos a tres horas de pantalla. Puede que las reseñas más duras tengan parte de razón. También es cierto que una película no es un tratado filológico ni pretende serlo, y me pregunto si no le exigimos a veces al cine algo que solo la lectura puede dar.
Lo curioso —y esto es lo que en realidad quería contar— es que, después de ver “La Odisea”, recordé “Ítaca”, el poema breve que Cavafis escribió en 1911 y en el que contempla el viaje de Odiseo desde lejos, como quien le habla a un hombre antes de emprender el camino. Cavafis le pide que desee un viaje largo, lleno de aventuras y descubrimientos. Le dice que no tema a los lestrigones, a los cíclopes ni al feroz Poseidón. No los encontrará en su camino si mantiene en alto su ideal y conserva limpia el alma, porque esos monstruos, en última instancia, solo aparecen cuando uno los lleva consigo.
Es una lectura casi herética si se piensa bien. Homero necesitaba a los cíclopes reales y a Poseidón furioso de verdad para que hubiera épica. Cavafis se los quita al héroe y se los da al lector. Convierte la aventura exterior en una prueba interior, en un ejercicio de temple. Lo que importa ya no es vencer a Poseidón, sino impedir que el miedo termine convirtiéndose en nuestro propio Poseidón.
Pensándolo bien, el poema homérico tampoco ha permanecido intacto frente al tiempo. Durante siglos se ha discutido quién fue Homero, si existió como un autor único o si ese nombre reúne distintas voces transmitidas por la tradición oral. “La Ilíada” y “La Odisea”, tal como las conocemos hoy, llegaron hasta nosotros después de atravesar generaciones, lenguas y copistas. Antes de que Nolan hiciera su película, ya había habido muchas otras “Odiseas”: las de los aedos, las de los traductores, las de los lectores y las de quienes durante siglos volvieron a contar la misma historia.
Me detengo entonces en el poema y pienso que ahí aparece aquello que ninguna película puede captar por completo: la conciencia de que el viaje importa más que la llegada y de que Ítaca no espera al final como un premio. Su valor consiste, precisamente, en que el viajero necesita recorrer el mundo para comprender lo que significa regresar.
Por eso Cavafis imagina una Ítaca pobre, casi despojada de importancia material. Lo que Odiseo lleva consigo al llegar no son riquezas, sino experiencia y sabiduría. “Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia, / habrás comprendido lo que las Ítacas significan”, escribe Cavafis.
La enseñanza es elocuente: después de tantos años, empezamos a sospechar que los monstruos de la vida no siempre están afuera. Algunos los llevamos dentro. Otros aparecen cuando les tenemos demasiado miedo.
En ese sentido, la película y el poema no compiten. Una convierte el miedo en espectáculo y nos hace mirar el mar; el otro le quita el disfraz de monstruo y nos devuelve la mirada hacia nosotros mismos. Hacia nuestra Ítaca, otra vez.
