El campo lleva años atrapado en una discusión que a estas alturas resulta insuficiente: producir o conservar. Como si hacer rentable una hectárea obligara necesariamente a desgastarla y cuidar el medio ambiente significara condenar al productor a vivir de buenas intenciones.
En Palizada, Campeche, hay una experiencia que lleva un cuarto de siglo intentando demostrar que esa ecuación puede plantearse de otra manera.
El pasado 14 de agosto, Pijije Regenerativo cumplió 25 años.
Al frente de esta historia está el ingeniero agrónomo zootecnista Jorge Luis Ayala Filigrana, quien comenzó el proyecto junto con su padre y con el paso de los años asumió su conducción. Lo interesante es observar cómo una iniciativa que comenzó con arroz y un pequeño langostino terminó hablando de regeneración de suelos, búfalos, biodiversidad, tecnología y mercados de carbono.
No ocurrió de un día para otro.
En 2001 surgió la intención de cultivar crawfish asociado con arroz. Para hacerlo había que evitar sustancias que pudieran afectar al crustáceo y aquella necesidad abrió el camino hacia la producción orgánica.
Dos años después, en 2003, arrancó formalmente el arroz orgánico. Un viaje de Ayala Filigrana a Brasil le permitió conocer experiencias de agricultura biodinámica y apareció también un mercado interesado en un producto que prácticamente no tenía oferta nacional.
Comenzaron entonces casi dos décadas de arroz orgánico y, sobre todo, de experimentación.
Se trabajó con abonos verdes, permacultura, biodinámica, manejo holístico y distintas formas de conservar y recuperar la fertilidad del suelo. Algunas prácticas funcionaron mejor que otras y muchas tuvieron que modificarse.
El campo tiene esa virtud: termina poniendo a cada teoría frente a la realidad.
Pijije consiguió colocar arroz en tiendas orgánicas, naturistas y autoservicios y posteriormente llevó parte de su producción a Estados Unidos y Europa.
Pero uno de sus resultados más interesantes no apareció en las ventas.
Durante cuatro años, la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco realizó un estudio sobre aves asociadas a los arrozales. De acuerdo con los datos proporcionados por el proyecto, mientras en cultivos convencionales se encontraron alrededor de 70 especies relacionadas con el arroz, en los terrenos orgánicos de Pijije fueron cerca de 110.
La diferencia obliga a mirar lo que sucede alrededor del cultivo.
Un terreno no es solamente la superficie donde crece aquello que después se vende. Ahí conviven raíces, microorganismos, insectos, aves, agua y materia orgánica. Cuando una parte de ese equilibrio se recupera, los cambios terminan apareciendo en todo el sistema.
Y ahí entra uno de los ejes que hoy define a Pijije: la ganadería regenerativa.
El nombre puede parecer complicado. La práctica es mucho más fácil de entender.
En buena parte de la ganadería tradicional los animales permanecen durante largos periodos en un mismo potrero. Comen el pasto y, cuando aparecen los primeros rebrotes, vuelven a consumirlos antes de que la planta haya tenido suficiente tiempo para recuperarse.
Cuando ese ciclo se repite constantemente aparece el sobrepastoreo. Disminuye la cobertura vegetal, las raíces pierden fuerza y el terreno comienza a deteriorarse.
La ganadería regenerativa modifica precisamente ese manejo.
El terreno se divide, generalmente mediante cercos eléctricos, y los animales permanecen durante periodos cortos en cada sección. Pueden ser uno, dos o tres días; algunas veces apenas unas horas. Después avanzan hacia otro espacio y el anterior queda en descanso.
La lógica imita, de manera controlada, el comportamiento de las grandes manadas de herbívoros: llegaban, comían, pisaban, abonaban el terreno y continuaban avanzando.
La diferencia comienza a sentirse debajo del suelo.
La planta dispone de tiempo para recuperar follaje y fortalecer sus raíces. El estiércol y la orina de los animales regresan nutrientes. Microorganismos, insectos y lombrices intervienen en la descomposición de esa materia y el suelo puede recuperar estructura y fertilidad.
Hay además un asunto fundamental para el campo mexicano: el agua.
Un suelo con mayor cobertura y materia orgánica puede mejorar su capacidad de infiltración y conservar humedad durante más tiempo. En zonas sometidas a periodos secos, esa reserva puede representar alimento para los animales cuando otros terrenos comienzan a perderlo.
Pero para que la regeneración deje de ser únicamente un concepto ambiental necesita superar una prueba bastante más dura: los números del productor.
Ningún modelo tendrá futuro si pretende salvar el planeta llevando a la quiebra a quien trabaja la tierra.
Si un mejor manejo permite recuperar pastizales, aprovechar mejor el terreno, reducir determinados insumos y mantener animales en mejores condiciones, el beneficio ambiental empieza a encontrarse con la rentabilidad.
En 2006, Ayala Filigrana incorporó los búfalos al proyecto.
En las condiciones tropicales de Palizada encontraron un animal con ventajas particulares. Su rusticidad le permite desenvolverse en terrenos húmedos y aprovechar espacios y vegetación donde el ganado vacuno puede encontrar mayores dificultades.
Pijije terminó haciendo algo todavía más interesante: unir los búfalos con el arroz.
Durante los periodos de descanso de los arrozales, los animales entraban a pastorear. Mientras se alimentaban dejaban estiércol y orina en el terreno y posteriormente regresaba el cultivo.
Llegaron a trabajar esquemas de dos años de pastoreo por uno de arroz y hasta dos ciclos agrícolas durante ese año. En determinados periodos consiguieron reducir considerablemente los insumos externos aprovechando la relación entre animales, plantas y suelo.
La pandemia cambió otra vez el rumbo.
Las dificultades de transporte afectaron las exportaciones y, después de cerca de dos décadas produciendo arroz orgánico, Ayala Filigrana decidió cerrar ese ciclo.
Pero una cosa era dejar de producir arroz y otra muy distinta desechar 20 años de aprendizaje.
Ahí comenzó la siguiente etapa.
Pijije Regenerativo trabaja actualmente en proyectos de bonos de carbono en asociación con Boomitra, empresa que utiliza tecnología satelital e inteligencia artificial para medir los cambios en el carbono almacenado en los suelos y participar en los procesos de validación y comercialización de créditos.
Pijije aporta la parte que conoce desde hace décadas: el trabajo con los productores y el manejo del terreno.
Las plantas capturan dióxido de carbono de la atmósfera mediante la fotosíntesis. Parte de ese carbono termina en raíces y materia orgánica. Cuando determinadas prácticas consiguen aumentar de manera comprobable el carbono almacenado en el suelo, existe la posibilidad de convertir esa captura adicional en créditos con valor económico.
Y aquí conviene evitar las fantasías.
Un bono de carbono no debería ser una recompensa por declararse ambientalista. Tiene que existir carbono adicional, medible y verificable.
Cada terreno responde de manera distinta. Influyen el clima, el tipo de suelo, la vegetación, el manejo y el tiempo. También importa el precio al que finalmente puedan comercializarse esos créditos.
La seriedad del mercado depende justamente de esa comprobación. De otra manera, los bonos terminarían siendo otra puerta para el greenwashing: pagar por parecer verde sin haber cambiado realmente la huella ambiental.
Para el productor, sin embargo, existe una posibilidad que merece atención.
No tiene que abandonar su ganado ni dejar improductiva su propiedad. Tiene que modificar prácticas. Si ese manejo mejora sus pastizales y su productividad y, adicionalmente, consigue almacenar carbono que pueda acreditarse y venderse, aparece una segunda fuente de ingresos vinculada directamente con la recuperación del terreno.
Ahí puede estar una de las claves para que la conservación salga de los discursos y llegue a más productores.
La dimensión que ha alcanzado esta nueva etapa es considerable. De acuerdo con Jorge Luis Ayala Filigrana, Pijije Regenerativo ha impactado de manera directa alrededor de 100 mil hectáreas mediante su trabajo con productores. A escala nacional, los distintos proyectos que integran la plataforma de Boomitra reúnen actualmente alrededor de un millón y medio de hectáreas.
La diferencia es importante: esa superficie nacional no corresponde exclusivamente a Pijije, sino al conjunto de proyectos vinculados a Boomitra.
Y Pijije tampoco quiere guardar el conocimiento adquirido detrás de las cercas de un rancho.
Ayala Filigrana y su equipo han convertido parte de la experiencia acumulada durante estos años en cursos, asesorías, conferencias y jornadas prácticas de campo sobre ganadería regenerativa, manejo holístico, agricultura orgánica, búfalos de agua y bonos de carbono.
La capacitación tiene un componente que resulta indispensable: llevar la teoría al terreno. Ver cómo se divide un potrero, cómo se mueve el ganado, cuánto tiempo necesita descansar una superficie y qué sucede con el pasto y el suelo después del manejo.
El conocimiento desarrollado en Palizada ha comenzado así a viajar. La experiencia se ha compartido en distintos espacios dentro y fuera de México, mientras Pijije avanza en la construcción de vínculos con productores y colaboradores de países como Bolivia, Argentina, Colombia, Costa Rica y Guatemala.
Ese tránsito resulta particularmente interesante.
Un proyecto que comenzó con arroz y crawfish hoy capacita productores y busca que las prácticas regenerativas puedan adaptarse a realidades muy distintas a las de Campeche.
Y es ahí donde los 25 años adquieren otra dimensión.
Jorge Luis Ayala Filigrana ha pasado por prácticamente todas las etapas que puede enfrentar alguien dedicado al campo: producir, buscar mercado, exportar, competir, enfrentar una crisis, cerrar un ciclo y comenzar otro.
Hoy habla de satélites, inteligencia artificial y carbono sin haber dejado de hablar de pasto, raíces, agua, animales y suelo.
El campo tampoco permanece inmóvil.
Cambian el clima, los mercados, la disponibilidad de agua, los costos y las exigencias ambientales. Pretender producir dentro de 20 años exactamente como se hacía hace 40 difícilmente será suficiente.
Tampoco sería serio presentar a la ganadería regenerativa como una receta capaz de resolver por sí sola todos los problemas del sector o a los bonos de carbono como una mina de dinero garantizada.
Ambos tendrán que demostrar sus resultados.
Pero experiencias como Pijije colocan sobre la mesa una posibilidad que merece atención: que la rentabilidad del productor, la recuperación del suelo y el cuidado ambiental dejen de caminar por rutas distintas.
Y quienes quieran conocer directamente la propuesta tendrán una oportunidad muy próxima. El sábado 22 de agosto, a las 8:00 de la mañana, Jorge Luis Ayala Filigrana realizará una transmisión en vivo a través del canal de YouTube de Pijije Regenerativo, donde hablará sobre estos 25 años, la ganadería regenerativa, los bonos de carbono y la ruta que busca seguir el proyecto.
Pijije Regenerativo acaba de cumplir un cuarto de siglo.
Lo relevante no está solamente en mirar hacia atrás y contar lo que ya hizo.
Está en comprobar hasta dónde puede llegar lo aprendido.
Porque si una experiencia nacida en los campos de Palizada consigue que más productores recuperen sus suelos, mantengan rentable su actividad y encuentren además un incentivo económico para cuidar el territorio, el aniversario habrá servido para algo mucho más importante que celebrar el pasado.
Habrá puesto sobre la mesa una forma distinta de pensar el futuro del campo.
Grace Bravata | La Roca Polivalente
