¿Te imaginas una rana del tamaño de tu dedo pulgar capaz de defenderse de casi cualquier depredador? Pues existen, y se llaman ranas venenosas. Viven sobre todo en las selvas húmedas de Centroamérica y Sudamérica, y son famosas por sus colores brillantes: amarillo, rojo, azul eléctrico, verde con negro… parecen dulces, pero no se te ocurra probarlas.
Esos colores no son para presumir. Son un aviso que dice: “¡Aguas, no me comas!”. A esto los científicos le llaman aposematismo, y es una forma de decirle a los depredadores que son peligrosas. Un pájaro o una serpiente que se atreve a morder una aprende rapidísimo la lección.
La más famosa es la rana dorada de Colombia (Phyllobates terribilis). Mide unos 5 centímetros y se considera uno de los animales más tóxicos del planeta. Algunos pueblos indígenas de la región frotaban la punta de sus dardos sobre la piel de estas ranas para cazar; por eso también se les conoce como “ranas punta de flecha”.
Ahora viene lo curioso: estas ranas no fabrican el veneno solitas. Lo obtienen de lo que comen, como hormigas, ácaros y otros bichitos de la selva. Por eso, cuando nacen y crecen en cautiverio con otra dieta, dejan de ser venenosas.
¡Literalmente son lo que comen!
Y ojo, que su veneno no solo sirve para asustar. Los científicos estudian sus sustancias porque podrían ayudar a crear nuevos medicamentos, por ejemplo, contra el dolor. Imagínate cuántas medicinas podríamos perder si estas especies desaparecen.
Porque sí, están en peligro. La tala de selvas, el comercio ilegal de mascotas, el cambio climático y una enfermedad causada por un hongo llamado quitridio tienen a muchas de ellas contra las cuerdas.
¿Qué podemos hacer? No compres anfibios silvestres como mascota, cuida los bosques y comparte lo que sabes. Y cada 28 de abril celebra con nosotros el Save The Frogs Day. Las ranas no necesitan nuestro miedo, necesitan nuestra ayuda.
David Montiel
