El Plan de Reactivación de la Industria Petroquímica y de Fertilizantes, presentado el 5 de junio, parte de una premisa simple pero decisiva: México no puede recuperar su capacidad industrial si antes no recupera el control de los insumos que alimentan a sus complejos. Durante años, la petroquímica y los fertilizantes han operado como sectores fragmentados, dependientes de importaciones y expuestos a la volatilidad internacional. El plan busca revertir esa tendencia, pero su viabilidad depende de algo más profundo que construir plantas o rehabilitar complejos: depende de alinear los insumos críticos con la capacidad productiva que se quiere recuperar.
El problema, dicho sin rodeos, es que México perdió el dominio de los insumos que sostienen estas industrias. La petroquímica depende de etano, gas natural, naftas, propano, aromáticos y metanol, pero la producción nacional de casi todos ellos se ha quedado corta. El etano, que debería ser el pilar del sistema, ha sido insuficiente durante años. El gas natural, indispensable para crackers y reformadores, llega en más de la mitad desde Texas. Las naftas y el propano no alcanzan para alimentar a los complejos. Y los aromáticos, esenciales para fibras, resinas y gasolinas, dependen en gran medida del exterior. En fertilizantes ocurre algo similar: el amoniaco y la urea pueden producirse en México, pero la roca fosfórica y el potasio —dos insumos insustituibles— siguen llegando casi por completo del extranjero. El país no dejó de producir por falta de plantas, sino por falta de insumos.
A partir de esa realidad, el plan intenta reconstruir la base material de ambas industrias. En petroquímica, el etano vuelve a ocupar el centro de la estrategia. No es casual: sin etano no hay etileno, y sin etileno no existe la cadena de plásticos, resinas y derivados que abastece a cientos de industrias. Por eso el proyecto Etano-Etileno es el eje del plan. Su objetivo no es solo producir más etileno, sino asegurar que el etano fluya de manera estable desde La Venta y Nuevo Pemex hacia Cangrejera y Morelos. La lógica es directa: si el país garantiza ese insumo, los complejos podrán operar con mayor continuidad y la producción nacional crecerá con menor dependencia de importaciones volátiles.
El gas natural es el otro gran pilar. La petroquímica lo necesita para hornos, calderas y procesos térmicos; los fertilizantes, para producir amoniaco. El plan asume que México podrá elevar su producción nacional de gas húmedo, suficiente para extraer más etano y propano. Pero ese supuesto es exigente: la producción de gas requiere inversiones adicionales en exploración y desarrollo que no forman parte directa del plan petroquímico. Aun así, la estrategia mantiene coherencia: si aumenta el gas húmedo, también aumentan los líquidos del gas natural y, con ello, se fortalece la cadena petroquímica desde su origen.
En fertilizantes, el insumo decisivo es el amoniaco. Toda la cadena nitrogenada depende de él, y detrás del amoniaco está el gas natural. El plan apuesta por rehabilitar Cosoleacaque y construir nuevas plantas de urea, con la intención de que México produzca internamente la mayor parte de los fertilizantes nitrogenados que consume. En este punto, la propuesta sí está alineada con los insumos disponibles: el país tiene capacidad para producir amoniaco si el gas está garantizado, y puede transformar ese amoniaco en urea sin depender de terceros. Distinto es el caso de la cadena fosfatada y la potásica, que seguirán dependiendo del exterior porque México no cuenta con yacimientos suficientes de roca fosfórica ni de potasio. El plan no busca resolver esa limitación, sino reducir la vulnerabilidad en la parte nitrogenada, que es la más voluminosa y estratégica.
La pregunta central es si los insumos están alineados con lo que el plan promete. En lo esencial, sí. El etano tiene una ruta clara de fortalecimiento; el gas natural, un camino posible, aunque exigente; y el amoniaco y la urea, proyectos concretos que pueden elevar la producción nacional. Estos insumos —los que sostienen la columna vertebral del sistema— sí están contemplados y reforzados en el plan. Otros, en cambio, seguirán dependiendo del exterior, y la propuesta no intenta ocultarlo. Los aromáticos, por ejemplo, no solo requieren rehabilitar Cangrejera, sino asegurar un suministro constante de naftas. El metanol seguirá llegando del extranjero. La roca fosfórica y el potasio continuarán siendo importados incluso en 2040. La estrategia, por tanto, no es eliminar la dependencia, sino reducirla a niveles manejables.
Hacia 2040, la demanda de insumos será mayor. La petroquímica necesitará más gas, más etano, más propano y más aromáticos. Los fertilizantes requerirán más amoniaco, más urea y más roca fosfórica. El plan proyecta que la producción nacional crecerá lo suficiente para cubrir una parte importante de ese aumento, aunque no la totalidad. La dependencia externa disminuirá, pero no desaparecerá. La clave es que la parte crítica —el etano para petroquímica y el amoniaco para fertilizantes— sí está alineada con la capacidad que se busca construir.
En términos narrativos, el plan puede leerse como un intento de reconstruir el esqueleto industrial del país. Primero se asegura el flujo sanguíneo —los insumos—; después se fortalecen los órganos —los complejos—; y finalmente se recupera la musculatura —la producción nacional—. Pero, como en cualquier organismo, si la sangre no llega, nada más funciona. Por eso la prioridad estratégica es reactivar el gas natural y el etano nacionales para Cangrejera, Morelos y Braskem Idesa. En esa idea se condensa todo el diagnóstico: sin insumos, no hay industria.
Lo que está en juego, en realidad, va más allá de la petroquímica o de los fertilizantes como sectores aislados. Si México no logra asegurar los insumos críticos y la infraestructura que los convierte en producción, no solo perderá capacidad industrial: también perderá margen de maniobra frente al reordenamiento económico global. El país ha ganado relevancia como plataforma manufacturera por su cercanía con Estados Unidos, pero esa ventaja geográfica tiene un límite si no está acompañada por energía suficiente, materias primas disponibles y cadenas productivas capaces de responder con continuidad. En un entorno internacional marcado por guerras, tensiones comerciales y competencia por inversiones, las empresas ya no buscan únicamente costos bajos; buscan certidumbre, resiliencia y capacidad de entrega. Ahí es donde este plan adquiere una dimensión más amplia: no se trata solo de producir más etileno o más urea, sino de definir si México quiere seguir siendo un país que ensambla para otros o convertirse en una economía con mayor densidad industrial. La diferencia entre ambas rutas no es menor. Una genera empleos, pero depende del exterior; la otra construye poder económico, integra cadenas internas y reduce vulnerabilidades en momentos de crisis.
En conclusión, los insumos están alineados con el plan en lo esencial, pero no en términos absolutos. El etano, el gas natural, el amoniaco y la urea tienen rutas claras de fortalecimiento. La roca fosfórica, el potasio, los aromáticos y el metanol seguirán dependiendo del exterior. El plan no promete autosuficiencia total; propone, más bien, una reducción de la vulnerabilidad. Y en ese terreno, el objetivo es viable. Pero su éxito dependerá de que los insumos críticos lleguen a tiempo y en la cantidad necesaria. Si eso ocurre, México podrá reconstruir una parte sustantiva de su base industrial. Si no, el plan quedará como un esfuerzo incompleto, limitado por la misma escasez que ha frenado al sector durante décadas.
Sin embargo, hay un punto que el debate público suele subestimar: disponer de insumos no garantiza, por sí mismo, la recuperación industrial. Entre contar con etano, gas o amoniaco y convertirlos en producción sostenida existe una cadena de condiciones que también debe funcionar sin interrupciones. Se requiere infraestructura de transporte y almacenamiento, ductos operativos, electricidad confiable, mantenimiento continuo de los complejos y una capacidad real de ejecución tanto del Estado como de las empresas participantes. En otras palabras, la política industrial no se decide únicamente en el subsuelo o en la planta, sino en la coordinación de todo el sistema. Si el gas llega, pero la red eléctrica falla; si el etano existe, pero el ducto no opera a plena capacidad; si la planta se rehabilita, pero no hay certidumbre regulatoria para atraer capital complementario, el resultado será el mismo: capacidad instalada subutilizada. Por eso, el verdadero desafío del plan no es solo productivo, sino también institucional y logístico. México puede reconstruir una parte importante de su petroquímica y de su industria de fertilizantes, pero solo si entiende que la competitividad no nace de un solo insumo, sino de la continuidad de todo el proceso industrial.
Ramses Pech
